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Sonria lo estamos filmando

Recuerdo la primera vez que vi en un local el cartelito de “sonría lo estamos filmando”, fue un comercio de auto servicio mayorista. Al verlo provocó una espontánea sonrisa en mí.

 

Si hay algo contagioso y positivo es la sonrisa. A lo largo del corredor pude observar como otras personas tenían la misma reacción al ver ese mensaje. Me pareció fantástico.

Más allá de los objetivos de la gerencia de reducir y evitar sustracción y robo de mercadería, cumplieron con un objetivo inherente comercial que es “hacer que el cliente se sienta a gusto”, lo que lleva a un estado de placer que se ve reflejado en el grueso de la compra, igual: mayor ingresos para la empresa.

Mientras caminaba con la endorfina estimulada y el carrito a tope, llegue a la caja y del otro lado del mostrador estaba el mismo cartel, que sin dudas volvió a provocarme una sonrisa. Y aquí mi gran desilusión, el cajero ni levanto la mirada, esbozó un frio salud y comenzó a cargar la mercadería.

Fastidiado con su labor, con su día o con su vida, me dejó una sensación agridulce, aquella compra que en un momento me pareció divertida se volvió insulsa gracias a la actitud del representante de la empresa en ese punto.

Desde ese día me propuse prestar más atención al trato que recibimos como clientes. Y saben una cosa, no era solo ese empleado el que tenía mal genio, es un comportamiento generalizado en las personas que tienen el trabajo de atención al público, o al menos la gran mayoría.

Desde supermercados de cadenas multinacionales, entidades financieras, kioscos, locales sea cual sea el rubro y ni hablar de dependencias municipales y públicas… la cordialidad ¡es inexistente! La famosa empatía parece ser solo un mito.

El cliente es como un intruso que llega para alterar el orden, es decir: las conversaciones, charlas entre los empleados, el mate, los mensajitos de texto y hasta la siesta.

Se olvidaron de que cuando se postularon para ese trabajo, seguro, declararon cumplir con requisitos como: buena presencia, predisposición, buen trato, pro actividad. ¿Dónde quedo la vocación de servicio, dónde quedo la simpleza del ser humano? No es un sacrilegio saludar, una sonrisa no vale un millón de  dólares, es algo natural.

Esas caras deprimentes son un atentado a los esfuerzos y estrategias de venta. Estos empleados y/o dueños desafían las leyes del marketing. Se olvidan que sin clientes no hay ingresos, sin ingresos no hay negocio.

 

Les propongo que de este lado del mostrador, donde están los verdaderos artífices del comercio, se coloque un cartel que diga: “sonría, le estamos comprando”.

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